VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS ¿CUAL ES LA VERDAD?

POR: RICARDO LEON DUEÑAS 

Veinticinco años y dos días después, vengo leyendo y escuchando con mucho interés y detenimiento cuanta declaración y recuerdo hay con relación al golpe —o autogolpe como algunos lo denominan— del 5 de abril de 1992. Y, lamentablemente, todavía no aprecio objetividad o perspectiva histórica para analizar uno de los hechos más importantes y decisivos de nuestra historia reciente.

La polarización extrema entre antifujimoristas y profujimoristas es lo que marca la pauta de la discusión, y de allí no se sale: cualquier intento de diálogo o debate termina en una abierta confrontación en la que ambos bandos defienden con uñas y dientes sus posiciones, siendo la verdad la principal víctima.

Ese domingo 5 de abril de 1992, en horas de la noche, un serio y adusto Alberto Fujimori nos anunciaba por señal abierta y a nivel nacional el cierre del Congreso, una medida que agarró de sorpresa a todo el país, empezando por sus propios ministros.

El poeta Martín Adán habría dicho: “Hemos vuelto a la normalidad” ¿Un golpe más? Recordemos un poco el contexto que se vivía aquel entonces y lo que siguió. La gente muy joven, lógicamente, no tiene la menor idea del Perú de aquel entonces y los mayores lo han olvidado, o no quieren recordarlo. El terrorismo estaba en su fase más avanzada; la amenaza sobre la capital misma de la república no era una cuestión lejana; la posibilidad de que Abimael Guzmán y sus sanguinarias huestes llegaran al poder estaba muy cerca.

La cosa no era broma; allí estaban respirándonos en la nuca. El Poder Judicial se encontraba atado de pies y manos y los terroristas amenazaban abiertamente a los pocos jueces honestos que se atrevían a condenarlos. Un Poder Legislativo fraccionado y opositor (Fujimori no contaba con mayoría) se había demorado un año en otorgar delegaciones extraordinarias al Ejecutivo y, cuando finalmente lo hizo, este presentó 117 decretos y el Parlamento le devolvió 36, muchos de los cuales eran medidas para combatir el terrorismo.

La cereza de la torta fue una inoportuna Ley de Control Parlamentario sobre los actos normativos del presidente de la república (Ley 25397) promulgada por el Congreso (pese a la observación del Ejecutivo) en enero de 1992, una norma que maniataba al gobierno al crearle una serie de controles absolutamente inapropiados en atención al grave momento que se vivía. La situación ameritaba más bien acciones rápidas y concretas de un poder que debía ser más ejecutivo que nunca. En ese escenario sobrevino el golpe de Estado.

Transcurridos unos meses se capturó a Guzmán y a los principales cabecillas terroristas. Al finalizar ese 1992, Fujimori restableció la democracia llamando a un Congreso Constituyente Democrático (donde las principales fuerzas democráticas participaron) para redactar una nueva Constitución, la misma que se promulgó en 1993 (Carta Magna que viene rigiendo de aquel entonces y que permitió el despegue económico de nuestro país, algo que muy pocos se atreven a discutir).

En 1995, Fujimori en la cresta de ola literalmente barrió a Javier Pérez de Cuéllar y dio inicio a su segundo mandato, con muy buenas cifras económicas en su haber, y consiguió cerrar con éxito el problema limítrofe con el Ecuador (uno de sus más grandes aciertos).

De allí en adelante todo vino en picada. Una absurda y antojadiza interpretación de la Constitución para perennizarse en el poder (la famosa “Interpretación Auténtica”), el abusivo cese de tres magistrados del Tribunal Constitucional, un empecinado intento por una segunda reelección que vició toda institucionalidad existente, una extendida red de corrupción manejada por el oscuro asesor presidencial Vladimiro Montesinos y unos fraudulentos comicios en el 2000 que permitieron un fugaz tercer mandato, que acabó abruptamente en medio de un sinnúmero de escándalos. Estos desencadenaron la vergonzosa huida de su principal líder del país, y lo que vino y se descubrió después ya es historia conocida.

¿Que el golpe fue necesario? En ese momento la gran mayoría de la población así lo percibió, pues las instituciones severamente deterioradas por los anteriores gobiernos no atinaban a respuestas necesarias y adecuadas para acabar con el flagelo del terrorismo. Eso era una verdad absoluta.

Veinticinco años y dos días después, viendo la película completa no puedo sino rechazar la ruptura del orden constitucional en frío y por principio. Sin embargo, si me ubico en aquel contexto: aquel domingo por la noche de 1992 volvería a apoyarlo, tal como lo hice esa vez.

Hoy, solo espero que mi país, el de mis hijas, el de mi familia, el de mis amigos, nunca, nunca más tenga que pasar por un trance similar.