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LA REPÚBLICA Y EL FUJIMORISMO


En la hipótesis de un triunfo del pepekausismo

Al cierre de esta edición el conteo rápido de Ipsos señalaba que PPK aventajaba por un punto a Keiko Fujimori y, según las matemáticas y las estadísticas, no se podía declarar un virtual ganador de la elección nacional. Sin embargo, en los rostros de pepekausistas y fujimoristas —más allá de las celebraciones adelantadas, justificadas o injustificadas— se notaba dos maneras diferentes de contemplar las cosas. Los pepekausistas celebraban como si hubiesen experimentado la última y única oportunidad en la vida. Rendían tributo al azar y la chiripa, que se han convertido en características frecuentes del espacio público.

En los fujimoristas se notaba una gravedad extrema ante la evidente posibilidad de perder las elecciones, luego del bajón en la última semana de campaña. Y además por los dilemas que se les plantean ante la posibilidad de ejercer la oposición con una mayoría abrumadora en el Congreso. Y es que los dilemas no solo tienen que ver con la República que estamos construyendo, sino también con el futuro del fujimorismo.

Un hipotético gobierno de PPK sería uno de los más frágiles de la reciente historia. No solo por la edad del posible jefe de Estado (ya no estamos en campaña), sino porque el estado mayor pepekausista no tiene nada parecido a un estado mayor. Para salir del atolladero PPK tendría que delegar en un presidente del Consejo de Ministros plenos poderes para cruzar el Rubicón y comenzar a organizar los pactos con el fujimorismo. Pensar en acuerdos con las izquierdas es soñar con las musarañas. Verónika Mendoza y Gregorio Santos están en campaña y solo avanzarán sobre los escombros del pepekausismo.

Pero más allá de las urgencias del frágil gobierno de PPK, el fujimorismo no puede eludir su responsabilidad histórica: si le niega gobernabilidad a una posible administración de PPK la República peligraría y el camino natural hacia el 2021 se bloquearía. Hay deber y necesidad, entonces, de sostener al pepekausismo. Sin embargo, de ninguna manera el fujimorismo renunciaría a liderar la oposición política y social en los próximos cinco años. El movimiento naranja pelearía con uñas y dientes su presencia social frente a la prédica de izquierda.

Si existe grandeza en Keiko Fujimori y los líderes fujimoristas, habrá flexibilidad e inteligencia para convertirse en soporte de la gobernabilidad de una eventual administración de PPK y, al mismo tiempo, liderar a la oposición. Si eso sucede el fujimorismo asociará su nombre a la materialización de la primera República del Perú (no hubo otra con semejante estabilidad institucional), que ya avanza hacia su quinta elección nacional consecutiva. De alguna manera se enterrarán los relatos del antifujimorismo y surgirá una nueva formación de derecha popular.

Sin embargo el movimiento naranja tiene otro reto monumental: transformar el masivo movimiento fujimorista en una institucionalidad partidaria que nos recuerde a las mejores tradiciones de los príncipes modernos de las democracias longevas. Los partidos modernos que reemplazaron a príncipes y noblezas en Occidente siempre desarrollaron una dialéctica entre intelectuales, políticos y masas. Joaquín Ramírez no tiene nada que ver con esa dialéctica, que servirá para mantener unificada a la enorme representación parlamentaria.

Víctor Andrés Ponce

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