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EL FIN DE LOS CAUDILLOS

Perdieron los dos grandes “caudillos” de la política peruana

El 5 de junio ganó la segunda vuelta PPK, representante del fujimorismo light y de la tecnocracia liberal vinculada a las grandes corporaciones transnacionales. Derrotó al fujimorismo duro y achorado de Keiko Fujimori. Ambos representan las mismas políticas económicas, con pequeñas diferencias administrativas. Los dos son tolerantes con la arrogancia empresarial y solo buscan reformarla creando un clima superficial favorable a la inversión.

El falso dilema de la campaña entre democracia y dictadura corrupta fue un recurso electoral utilizado para derrotar al fujimorismo achorado. PPK tercerizó la campaña electoral, como buen gerente corporativo. En primera vuelta usó el miedo que las clases medias le tiene al “chavismo emergente” de Verónika Mendoza, pasó ajustadamente a la segunda vuelta e inmediatamente activó el antifujimorismo. Incluso, se dio el lujo de viajar una semana, porque sabía que los colectivos anti-Keiko estaban en campaña y confiaba en ellos para ganar. La estrategia le ha dado un triunfo agónico, se ha desangrado en el camino; pero ganó. PPK ha usado inteligentemente las emociones de los peruanos.

Keiko ha construido una poderosa maquinaria electoral, no un partido. Son una fuerza pragmática, silenciosa y trabajadora, pero sin ideas claras. Expresan la informalidad emergente, al achorado de barrio que busca un padre autoritario que ponga orden. El fujimorismo encarna el vínculo histórico de las dictaduras con los sectores populares, que se usan mutuamente con objetivos específicos. Los autoritarios buscan votos y el pueblo quiere que mejoren sus precarias condiciones de vida. El fujimorismo creía en la organización per se, y no fue capaz de interpretar bien la diversidad peruana. Por eso perdió la elección.

PPK tampoco tiene un partido, sino una franquicia. Las querellas internas de los pepekausas no son por la sucesión del liderazgo, sino por cuotas de poder. PPK es un venerable anciano que se irá el 2021, y cuyo legado político será la transición democrática que acabó con el caudillismo en el Perú. El 20% de peruanos que votaron en primera vuelta por PPK lo consideran un tecnócrata liberal con la capacidad de convocar y dialogar con todos los sectores políticos. PKK no entiende la fragmentación de las demandas nacionales, por su sesgada visión empresarial; sin embargo, ha derrotado a dos caudillos —Alan García y Keiko Fujimori— que concentran todo el poder en sus partidos.

PPK representa el gobierno corporativo transnacional. Así, gobernará delegando y usando pragmáticamente a los políticos o cuadros que sean necesarios. No concentrará el poder en su franquicia, menos en el Estado; la realidad le impone un gobierno de coalición con el fujimorismo. Los caudillos ya no sintonizan con la diversidad de demandas nacionales, los peruanos no aceptan líderes mesiánicos. En este nuevo escenario no tienen futuro Alan García en el Apra ni Keiko Fujimori en Fuerza Popular. Ambos representan el pasado. Esto no quita los reconocimientos que ambos merecen por sus cualidades políticas. Simplemente, como dice gran Héctor Lavoe, “Todo tiene su final, nada dura para siempre. Tenemos que recordar que no existe eternidad”. Se acabaron los liderazgos eternos. O cambian o perecen.

Los diversos peruanos exigen soluciones diferentes para sus problemas. Somos un país fragmentado, un inmenso pliego de reclamos que cada día crece. Tenemos diversidad de reclamos históricos no atendidos y, esa no es tarea para un caudillo o jeque de la política, sino para una organización política democrática. Esa es la gran lección de este proceso electoral.

Tino Santander Joo

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