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EL SUR PERUANO: ¿ANTIESTADO O ANTIMERCADO?


La economía crece, pero no hay un Estado moderno o eficiente

Una conclusión de las recientes elecciones es que el Perú se ha dividido en dos sectores políticos y electorales casi irreconciliables. Hay un nuevo sólido norte que ha votado mayoritariamente por el fujimorismo (a excepción de Cajamarca) y hay un sur telúrico que ha elegido a la izquierda del Frente Amplio. No es noticia nueva, pues en las últimas tres elecciones democráticas el sur ha girado hacia la izquierda o hacia tendencias más “radicales”. ¿Por qué?

Algunos analistas se han atrevido a señalar que el sur vota por la izquierda siguiendo una larga tradición antisistema, relacionada con las viejas luchas sindicales o campesinas lideradas por la izquierda marxista. Otros razonamientos señalan que el sur vota contra el modelo económico y contra el sistema porque el crecimiento de la economía apenas lo ha beneficiado. No obstante, hay un pequeño error en dicho análisis. Podríamos afirmar que no hay ciudades con mayor espíritu capitalista y emprendedor que Juliaca o Puno, ciudades que también son paraísos del contrabando y la informalidad. Pero hay otros datos: por varios años el PBI del Cusco o Arequipa creció más que el de Lima; y de alguna manera los grandes proyectos mineros crearon círculos virtuosos en lugares donde poco antes era el trueque, y no el dinero, la forma de intercambio comercial. Fue el caso de Challhuahuacho o Fuerabamba, en Apurímac.

El largo superciclo de crecimiento económico que tuvimos, basado fundamentalmente en la exportación de minerales, contribuyó —como nunca en la historia republicana— al desarrollo del sur peruano. Un indicador de ello es que hoy casi no exista lo que antes se llamaba la “mancha india”, por su alto grado de pobreza. La economía de mercado, el establishment y el sistema económico lograron el crecimiento del sur peruano, y hoy ya hay clases medias consolidadas en Ayacucho, Cusco, Puno o Arequipa.

No obstante el crecimiento de la economía no se condice con el desarrollo progresivo de un Estado y una burocracia profesional, eficiente y efectiva, sobre todo a nivel regional o local. Nunca en la historia republicana el Estado tuvo tan altos presupuestos, pero tampoco hubo casos de corrupción e ineficiencia tan sorprendente como los que se han visto recientemente. En Echarate (Cusco), la ciudad del gas, todos los ex alcaldes están involucrados en investigaciones de corrupción; y a pesar de sus enormes presupuestos anuales, el 60% de la población no tiene agua potable. Quizá el radicalismo sureño no sea precisamente en contra del modelo económico sino contra un modelo de estado ineficiente, lleno de trámites, incapaz de otorgar seguridad, y muchas veces incluso absurdo.

Frente a un Estado que ha roto el “contrato social” no queda mayor remedio que rebelarse. En Bolivia, hasta hoy los politólogos se preguntan por qué una zona como El Alto —aymara y capitalista— apoya a Evo Morales, un socialista. La única respuesta puede estar en la relación con el Estado y sus instituciones. Quizá allá como acá, la animadversión es contra el Estado y no contra el mercado.

Iván Arenas