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Fujimorismo y democracia


Negar que el Fujimorismo tiene un problema con la democracia es esconder la cabeza como el avestruz. El Fujimorato fue la experiencia pos Guerra Fría que, de una u otra manera, estableció un software autoritario en América Latina que luego utilizaron todos los autoritarismos al margen de apellidos e identidades ideológicas. Ganar elecciones, ungir a un líder carismático que establecía relaciones con los electores al margen de las instituciones, controlar a las fuerzas armadas, a las instituciones y a la autoridad tributaria, son legados de la experiencia de los noventa en el Perú. Hay entonces interrogantes legítimas que cualquiera podría plantear.

Sin embargo la historia tiene una línea en el tiempo. Hechos alejados y cercanos al presente. El pasado del Fujimorismo es el autoritarismo, pero su presente se vincula con la experiencia democrática más virtuosa e incluyente desde nuestra fundación republicana. Sucede que desde la caída del Fujimorato, el Fujimorismo político ha participado en tres elecciones consecutivas y ha sido protagonista de una segunda vuelta y, de una u otra manera, ha sido una de las principales fuerzas de oposición.

Es la primera vez que la democracia peruana mantiene una continuidad institucional de tres gobiernos democráticos con la participación de los 30 millones de peruanos que ejercen el derecho al voto. En el siglo XX solíamos decir que la institucionalidad democrática estaba condenada a sobrevivir solo a dos períodos constitucionales consecutivos para luego ser reemplazada por alguna forma de autoritarismo.

También solíamos señalar que una de las causas de la inestabilidad institucional eran las colisiones entre el Ejecutivo y el Legislativo que, generalmente, terminaban con interrupciones constitucionales. Bueno, todo esos entrampamientos institucionales parecen que comienzan a ser superados. El jefe de estado acaba de convocar a la cuarta elección nacional ininterrumpida.

El Fujimorismo ha sido protagonista del conflicto político institucional de los gobiernos democráticos post Fujimorato y, de alguna forma, se ha dado maña para marcar distancias con los oficialismos de turno, pero también para evitar y sortear potenciales crisis de gobernabilidad. El Fujimorismo parlamentario ha evitado más de una censura ministerial y ha colaborado con las políticas públicas de las recientes administraciones.

No exageramos entonces si se afirmamos que el Fujimorismo político ha cultivado la idea de la leal oposición que proviene de la experiencia democrática anglosajona. Por ejemplo, la permanencia de Pedro Cateriano al frente de la Presidencia del Consejo de Ministros tiene mucho que ver con la nueva disposición naranja.

En otras palabras, el Fujimorismo tiene un pasado pero también tiene un presente. Y, la actualidad, nos indica con hechos y resultados que hay un nuevo Fujimorismo. Lo demás es pasión, teología, o voluntad de querer escribir la historia con el lapicero de mi facción.

¿Por qué entonces se niega la posibilidad de un nuevo Fujimorismo? La posibilidad de que Keiko Fujimori gane las elecciones del 2016 es demasiado para algunos. Significaría que la historia de los últimos 25 años recién estaría por escribirse y que habría que despejar las pasiones y las nieblas para nuevas interpretaciones y enfoques. En todo caso, cada vez es más evidente que las elecciones nacionales no solo elegirán al nuevo jefe de Estado sino que tendrán consecuencias impredecibles para los debates ideológicos, culturales e históricos.

Por: Víctor Andrés Ponce