Elecciones y guerra sucia


Es casi imposible evitar la guerra sucia durante una campaña electoral en una sociedad abierta, en una democracia. Sucede en Estados Unidos, Europa, América Latina, y el Perú. Para poner en contexto valdría tratar de definir este tipo de guerra: la intención de demoler al candidato, no por sus propuestas o por la falta de ellas, sino con ataques ad hominem, a la persona, ya sean justificadas o exageradas adrede. El éxito de estas campañas de demolición tiene que ver con la ética de los políticos, la educación del elector y el nivel de pasión de los mensajeros.

En el Perú ha comenzado a llover y no hay candidato que no se moje. El gobierno de Ollanta Humala crea “el registro para mujeres esterilizadas” y afila la punta de la flecha contra el fujimorismo. La izquierda mediática y un sector palaciego priorizan la pedrada en contra de Alan García y convierten en estribillo el tema de los supuestos “narcoindultos”. El propio PPK comienza a ser erosionado por una campaña silenciosa en las redes, y César Acuña recibe munición de grueso calibre de su ex esposa, mientras que Alejandro Toledo y Milton von Hesse del nacionalismo comienzan a pasar el olvido.

Hay un tremendo problema para cualquier estrategia de guerra sucia en estas elecciones. La madre de todas las batallas en guerra sucia se presentó en las elecciones del 2011. En la segunda ronda ganó la campaña de demolición más efectiva y Humala se encumbró como jefe de Estado no obstante los deméritos que hoy conocemos. ¿Cómo entonces puede volver a prosperar la demonización?

Es necesario señalar que la educación de elector se acrecienta con cada elección. La mayoría que votó por Humala, ejerciendo una forma de anti voto, está terriblemente arrepentida ante el desastre nacionalista. Debe haber algo que cambie, ¿o no? Todo indicaría que sí.

De otro lado, los actores de la demolición en curso, al menos hasta la segunda vuelta, parece que serán los mismos de la pasada campaña electoral. Los mismos intelectuales, políticos y periodistas. El caso más emblemático es el de Mario Vargas Llosa: en la campaña del 2011 habló del “cáncer y el sida” y terminó votando por una de esas enfermedades terminales. Y hoy pretende hablar de “la dictadura y la corrupción” para descalificar al fujimorismo y el aprismo. Veremos si la cosa funciona.

Pero lo que más afecta a estas campañas de guerra sucia es la credibilidad de los mensajeros. En general, los periodistas que arrojan latas contra los candidatos del llamado elenco estable (Keiko Fujimori, PPK y Alan García) repiten los argumentos de la campaña del 2011 (excepto el supuesto tema de los narcoindultos) y le lavan la cara a Palacio, a Nadine Heredia y a Alejandro Toledo. Y cuando hacen eso, la gente se da cuenta y evoca escenas parecidas durante tres elecciones sin interrupciones.

En otras palabras, hay hechos que nos indicarían que los soldados grandes y chicos de la llamada guerra sucia tienen reducido el margen de maniobra. Quizá el agotamiento del elector con este tipo de estrategias organice el espacio para la discusión de propuestas y contemplemos una elección diferente. Ver para creer, dijo Tomás.

Por: Víctor Andrés Ponce